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Mía, (Alción, 2004)
Mía, de Ana Arzoumanian, puede leerse como un poema dramático en prosa, un relato de cámara a dos voces o bien como la narración de una devastación. En cualquier caso, los monólogos que componen el libro -dos a cargo de una madre; otros dos en la voz del hijo- interpretan la intemperancia de un diálogo que se vuelve imposible a fuerza de expresar, su propia ruina. De allí que el uso del posesivo sea un campo de disputa. Es decir, la enunciación de ese "mía" tanto vale para la madre, que reclama para sí el cuerpo que le pertenece (yo soy mía) y que aparece amenazado por el orden familiar, como para el hijo, que hace de la misma enunciación una certeza, una llamada, un ruego. Si en el imaginario colectivo el sitio de la madre es el de la ofrenda, el texto cuestiona radicalmente ese lugar hasta negarlo, y hace del vínculo primario un territorio de desposeídos.
En tanto que explora las posibilidades de la acción dramática a través de la voz, la escritura de Arzoumanian construye un pequeño teatro de la crueldad, donde se representan escenas breves, escorzos de una doble vida dañada. Pero lo hace sin atender a la lógica narrativa, antes sigue el impulso de la imagen (de la palabra) que se basta a sí misma: "Tu sed. Tan tragón que quisieras roer, chupar hasta secar las mangas vacías de mi saco de lana", anota cuando es el alimento lo que la madre niega al niño.
Mía consuma una escritura extasiada, donde lo amoroso le abre paso a una erótica perturbadora, como si las palabras naturales que debieran salir del campo materno fueran reemplazadas por una lengua que bebió en las fuentes del surrealismo en versión Artaud o en la imaginería de la obra de Bataille. En una época saturada por la idea de los cuerpos, Arzoumanian recurre más de una vez a la imagen de la Virgen, sin ironía, sin befa. En ese reconocimiento parece señalar que la historia sagrada todavía tiene algo para decirnos, como si adhiriera a aquello que Apollinaire escribió hace ya muchos años: 'sólo la religión sigue siendo completamente actual'."
Sandro Barrella, La Nación
envio DL Prensa Cultural
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